Se plantea la problemática de asistir al trabajo con síntomas de gripe, a pesar de la conciencia adquirida tras la pandemia sobre la importancia del aislamiento. La presión por el presentismo y la pérdida de días laborales dificultan que las personas con fiebre alta se queden en casa.
Se argumenta que permitir uno o dos días de ausencia laboral para personas con fiebre (38-39 grados) podría prevenir la propagación del contagio en cadena y evitar que personas con factores de riesgo desarrollen cuadros más graves.