Andrés Riesnick compara la capacidad del cerebro infantil para el lenguaje con la tecnología, destacando su eficiencia energética y complejidad.
Afirma que un niño de 5 años utiliza una cantidad mínima de energía para hablar fluidamente, superando incluso a la inteligencia artificial en este aspecto. El lenguaje hablado es instintivo, y los niños combinan fonemas para formar palabras y oraciones sin ser conscientes de las reglas gramaticales.