Se plantea la dificultad de entregar la propia vida y corazón al altar de Dios, en contraste con la aparente facilidad de ofrecer bienes materiales. Se compara con Erick Lindel, quien se rindió completamente al Señor.
Se señala que la verdadera ofrenda implica un sacrificio personal profundo, no solo la entrega de dinero. La dificultad radica en sacrificar el "yo", las pretensiones y las vanidades, algo que cuesta lágrimas y una rendición total.
Se advierte que honrar a Dios solo con palabras sin entregar el corazón al altar es una práctica vacía. La dificultad de esta entrega total se debe a la naturaleza humana, que a menudo se aferra a sus propios deseos.