Se narra el episodio bíblico de la muerte de Moisés, donde el Arcángel Miguel disputó con Satanás por su cuerpo, evitando que este fuera utilizado para una falsa resurrección y el engaño al pueblo de Israel.
Se enfatiza la importancia de orar directamente al Padre, en el nombre de su Hijo, y no a los muertos o figuras religiosas intermediarias, advirtiendo contra la idolatría de adorar tumbas.
Se introduce la figura de Jesús como el Mesías, el Hijo del Dios viviente, cuya confesión por parte de Pedro lo convirtió en una piedra viva y lo hizo salvo, destacando la fe del judaísmo en el reconocimiento del Mesías.