Se subraya que el pecado de una sola persona puede hacer impuro a todo el pueblo y afectar la presencia de Dios, comparando la situación con la expulsión de los leprosos en el Antiguo Testamento para mantener la pureza del campamento.
Se argumenta que Dios no puede habitar en un lugar donde el pecado sea tolerado, permitido o protegido. Por lo tanto, si se desea la bendición divina, es necesario deshacerse del pecado.
Se concluye que aquellos que acumulan pecados o son compulsivos no pueden comulgar con el Señor, y que tanto líderes como miembros deben estar a cuenta con Dios para que la iglesia sea bendecida.