Se advierte sobre el peligro de los malos pensamientos, que se convierten en fortalezas espirituales si no se destruyen.
Se enfatiza la importancia de no pelear la batalla de la mente con armas humanas, sino con las armas de Dios, que tienen el poder de destruir fortalezas y argumentos contra el conocimiento de Dios.
Se menciona que estas armas permiten llevar cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo, y se hace un llamado a usar estas armas espirituales.