Un profeta enviado por el Señor se presentó en el altar que el rey Jeroboán había construido en el norte del reino dividido de Israel, justo en el momento en que el rey ofrecía incienso. El profeta anunció que en la dinastía de David nacería un niño llamado Josías, quien destruiría el altar. Para demostrar la veracidad de su palabra, Dios envió una señal: el altar se rompió y las cenizas se esparcieron.
El rey Jeroboán, enfurecido por las palabras del profeta, ordenó su arresto. Al levantar la mano para dar la orden, su mano se secó, como señal de un juicio divino. Desesperado, el rey le rogó al profeta que orara para que su mano fuera restaurada. El joven profeta oró y la mano del rey se restableció, ocurriendo un milagro.