Se relata la historia de la caza de ballenas, que comenzó con expediciones escocesas en el Atlántico Sur hacia 1725 y se intensificó a partir de 1750, especialmente por cazadores británicos y estadounidenses en mares argentinos y chilenos.
La carne se utilizaba para alimentación y la grasa para fabricar aceites, combustibles y jabón, lo que llevó a una caza indiscriminada. Se estima que la población de ballena franca, que era de entre 50.000 y 70.000 ejemplares, se redujo drásticamente.
El nombre "ballena franca" se debe a que flotaban al morir, facilitando su caza. Eran dóciles y se acercaban a los buques. El aceite de ballena iluminó Europa en el siglo XIX, y hoy se busca recuperar la población a los números de hace un siglo.