La vida natural que recibió a Simón de Alcazaba y Sotomayor en la Patagonia es la misma que hoy se puede observar en la costa y el continente, enriquecida por una inmensa biodiversidad submarina que los primeros exploradores europeos no percibieron.
En la estepa patagónica crecen pastizales y arbustos que albergan guanacos, choiques y diversas aves. En la franja costera, la vida es más abundante, con lobos marinos, pingüinos y aves como el pato vapor cabeza blanca, una especie endémica única en el mundo que se desplaza rápidamente sobre el agua sin poder volar.
La fauna marina de la región se beneficia de la convergencia de corrientes marinas cálidas y frías, que enriquecen las aguas con nutrientes y favorecen la producción de plancton y algas. Este festín submarino atrae a peces, invertebrados, delfines, focas y ballenas.
Los exploradores del siglo XVI no repararon en esta riqueza biológica subacuática, pero hoy sabemos que las corrientes marinas son la clave de esta abundancia, construyendo un sistema alimentario que sustenta a las especies más diversas.