Los drones ucranianos han intensificado sus ataques contra infraestructuras petroleras y militares rusas, incluyendo objetivos en San Petersburgo, a más de mil kilómetros de Kiev. Este desarrollo marca una nueva fase en la guerra, caracterizada por el uso de aeronaves no tripuladas y la capacidad de Ucrania para golpear la retaguardia rusa desde dentro de sus propias fronteras.
La "Operación Tela de Araña", lanzada por los servicios secretos ucranianos, demuestra la evolución tecnológica y estratégica de Ucrania. El desarrollo y adquisición de drones militares, como los modelos Bula by Hornet y FP-1 con alcances de hasta 1.600 km, permiten a Kiev ejecutar ataques de largo alcance a un costo menor que los misiles occidentales. Estos ataques se han dirigido a industrias militares y de infraestructura energética en toda la Rusia europea.
El Instituto para el Estudio de la Guerra y el Critical Threats Project señalan que Ucrania ha golpeado una docena de objetivos estratégicos en Rusia entre finales de marzo y principios de abril. Los drones ofrecen una ventaja táctica significativa debido a su bajo costo y capacidad para alcanzar objetivos valiosos en profundidad. Si bien Rusia responde con bombardeos, Ucrania afirma estar recuperando territorio.
Expertos y funcionarios occidentales, como Kaya Kalash, sugieren que Rusia podría estar en un punto muerto, lo que podría forzar una reevaluación de sus objetivos estratégicos y abrir la puerta a negociaciones de paz. Sin embargo, otros analistas advierten contra el triunfalismo, señalando que, si bien los drones cambian la dinámica, Rusia podría encontrar eventualmente contramedidas. La superioridad industrial y demográfica de Rusia sigue siendo un factor clave en el conflicto.