Se describe a Dios como un proveedor extravagantemente generoso. Se introduce la diferencia entre una promesa o voto y un pacto, definiendo este último como un acuerdo mutuo con beneficios y obligaciones recíprocas.
Se plantea la pregunta retórica sobre si los humanos pueden obligar a Dios a actuar a su favor, sugiriendo que no estamos en condiciones de exigirle nada.