Se relata un momento íntimo del Indio Solari, quien compartió una cena de despedida con su hijo Bruno y su mujer Virginia. Se menciona que el Indio Solari padecía Parkinson, enfermedad que él mismo había anunciado en un recital en 2016, diciendo que lo "estaba pisando los talones".
El Indio Solari, conocido por hablar abiertamente sobre la muerte, expresaba su deseo de que esta lo encontrara "vivo". En sus últimas entrevistas, prefería aparecer a contraluz, ocultando parcialmente su rostro, argumentando que "el rockero no puede ser viejo".
Se rescatan frases icónicas del Indio Solari sobre la vejez y el rock, como "la vejez es una cagada" y la idea de que los rockeros deben tener el alma joven, frases que se volvían virales y se convertían en mitos.