Se reitera la importancia de esperar el "tiempo establecido por Dios" para el cumplimiento de sus promesas. Se menciona el caso de Simeón (Lucas 2:26), quien esperó hasta el final de sus días para ver al ungido del Señor, ilustrando la paciencia requerida.
Se advierte que el problema radica en querer acelerar los tiempos de Dios y tomar "atajos", como hizo Abraham, lo que puede llevar a cometer errores y perder las bendiciones prometidas.