Las visitas de Donald Trump y Vladimir Putin a Pekín reforzaron la cooperación militar entre Rusia y China, consolidando la dependencia de Moscú hacia su aliado estratégico tras cuatro años de guerra en Ucrania. Sin embargo, a pesar de la retórica de amistad, Putin no logró firmar el contrato definitivo del gasoducto Fuerza de Siberia II.
China busca diversificar sus fuentes energéticas, lo que le otorga una posición de presión en las negociaciones con Rusia. La estructura del gasoducto, que pretende cubrir el 10% de las necesidades chinas de gas natural, sigue sin concretarse, reflejando la asimetría en la dependencia mutua.