El oro se ha convertido en una herramienta clave para el narcotráfico, facilitando el lavado de dinero a través de la minería ilegal en la Amazonía. A diferencia del efectivo, el metal precioso es difícil de rastrear y su mercado global absorbe grandes cantidades sin dejar huellas claras.
En países como Perú, Colombia, Brasil y Venezuela, la extracción clandestina de oro no solo financia redes narco, sino que compite con las ganancias del tráfico de cocaína. Las organizaciones criminales financian la minería ilegal, que opera sin controles ambientales ni laborales, y luego utilizan empresas pantalla para blanquear el metal.
El atractivo del oro radica en su alta densidad de valor, su condición de activo refugio y su maleabilidad, que permite transformarlo en distintos objetos. Sin embargo, la minería ilegal causa deforestación, contamina ríos con mercurio, y está asociada a redes de explotación laboral, trata de personas y violencia, degradando territorios enteros y afectando a comunidades.