El encuentro entre Donald Trump y Xi Jinping en Pekín, con la mediación china en la guerra de Irán como telón de fondo, no arrojó resultados significativos más allá del compromiso de China de adquirir productos agrícolas estadounidenses por valor de 17 mil millones de dólares anuales hasta 2028 y la compra de 200 aviones Boeing.
A pesar de la retórica de amistad, Putin no logró firmar el contrato definitivo del gasoducto Fuerza de Siberia II, evidenciando la dependencia de Rusia de China y la estrategia china de diversificar sus fuentes energéticas para presionar en las negociaciones.
La guerra comercial iniciada por Trump contra China, marcada por aranceles y controles a la exportación de tierras raras, no ha obtenido los resultados esperados. China ha aprovechado el conflicto para cerrar acuerdos comerciales y reducir la capacidad de presión de Washington, consolidándose como potencia económica y tecnológica.
Los intentos de Estados Unidos por frenar el ascenso de China, incluyendo la prohibición de venta de chips de última generación, se han visto contrarrestados por la autosuficiencia tecnológica china. Xi Jinping advirtió a Trump sobre la cuestión de Taiwán, y Estados Unidos respondió suspendiendo un paquete de armamento, sugiriendo una apuesta por la cooperación a pesar de las tensiones latentes.
El ascenso de China parece irrefrenable, consolidándose como potencia comercial y tecnológica. La imagen global de China supera a la de Estados Unidos, que es visto como un socio no fiable, desplazando el eje geopolítico mundial hacia Asia.