Se explica que estar "muerto al pecado" implica que espiritualmente hemos dejado de servirle. Ahora debemos usar nuestro cuerpo como instrumento del bien, no del mal, y dedicarnos al servicio de Dios.
Se contrasta el "viejo hombre" (controlado por el pecado) con el "nuevo hombre" (controlado por el Espíritu de Dios), instando a despojarse del primero y revestirse del segundo mediante la comunión con el Señor.