El naufragio del Monte Cervantes, ocurrido en aguas frías, se convirtió inesperadamente en un refugio para la vida marina. El casco del buque, sumergido en el fondo del canal, formó un arrecife artificial, atrayendo a diversas especies.
La fauna marina colonizó la estructura de acero, creando un oasis en las profundidades. La centolla, en particular, merodea entre los restos del naufragio en busca de presas, demostrando la adaptación y resiliencia de la vida en este particular ecosistema submarino.