Se insta a trabajar sin descanso en la obra del Señor, con un servicio sin medida y un ministerio sin límite para Dios. Se advierte que trabajar más para uno mismo y menos para Dios es incorrecto, y que las primeras y mejores inversiones deben ser para el Señor.
Se enfatiza que el servicio a Dios debe ser de buena gana y con las mejores ofrendas, no con lo que sobra o está roto. Aquellos que se rehúsan a hacer el trabajo del Señor o tienen sus dones dormidos o su llamado postergado, se exponen a la maldición bíblica.
Se recuerda que la bendición es proporcional al trabajo, esfuerzo y dedicación hacia Dios y Su obra. Se anima a aprovechar la nueva vida y oportunidad que Dios ofrece para servirle de buena gana, ejerciendo los dones y saliendo de la maldición.