El fantasma del ébola vuelve a sacudir el continente africano y enciende las alarmas de la sanidad internacional. La Organización Mundial de la Salud declaró formalmente una emergencia de salud de importancia internacional ante un brote que avanza con agresividad en el noroeste de la República Democrática del Congo y que ya registra contagios importados de la vecina Uganda.
Con más de mil casos acumulados entre sospechosos y confirmados, el escenario es complejo. El brote actual está ligado a una cepa para la cual, a diferencia de la clásica, no existen vacunas ni tratamientos aprobados en el mercado. El virus, cuyo reservorio natural son los murciélagos frugívoros, se expandió inicialmente de forma silenciosa debido a que sus síntomas fueron confundidos con los de la malaria.
Tras la muerte de un médico a finales de abril, los rituales funerarios tradicionales ya habían actuado como eventos del llamado supercontagio. El miedo y la desconfianza alimentan hoy los disturbios en comunidades rurales, donde grupos de ciudadanos llegaron a quemar carpas médicas de aislamiento, facilitando la huida de pacientes sospechosos hacia los centros urbanos.
La tasa de letalidad de ese brote ronda el 25%, una cifra inferior a crisis anteriores cuando la cepa Saire mataba hasta el 90% de los infectados. Sin embargo, la velocidad de propagación regional obligó a la OMS a elevar el riesgo nacional a muy alto. En las fronteras comerciales con países como Ruanda, el cierre de los pasos estranguló el sustento de los trabajadores locales, quienes exigen la implementación de los mismos protocolos de control y vacunación que funcionaron en epidemias pasadas.