La conexión entre el crimen organizado y el mundo empresarial neerlandés se evidenció en los años 90, cuando figuras del hampa compartían mesas en galas benéficas con la élite del país, incluyendo miembros de la familia real. John Miremet, Sam Klepper y Dylan Hollader, conocidos delincuentes, asistieron a eventos sociales junto a personalidades adineradas, desafiando la percepción de que el crimen operaba en secreto.
Esta mezcla entre criminales y la élite demostró que, cuando los Países Bajos debían elegir entre dinero y moral, el dinero prevalecía. Klepper y Mirenet fueron asesinados a principios de los 2000, mientras Hollider cumple cadena perpetua. A pesar de estos eventos, el modelo criminal de estos líderes continuó, y su influencia se extendió a una nueva generación de criminales, quienes desarrollaron una peligrosa dinámica que tendría un alto costo para el país y sus vecinos.