La amenaza del crimen organizado desestabiliza las sociedades occidentales de manera más profunda que el terrorismo, a pesar de que este último genera mayor sensibilidad social por su impacto directo en vidas humanas. Las autoridades judiciales a menudo enfrentan dificultades para convencer a la población y a los políticos de la gravedad de esta amenaza.
Se argumenta que la guerra contra las drogas se ha convertido en una política simbólica sin una estrategia clara para la victoria, destinada a perpetuarse. El crimen organizado opera bajo una estrategia de guerra asimétrica, similar a la de grupos armados, marcando el inicio de una nueva era de "gangsterización" global.
La falta de conciencia política al más alto nivel y la dificultad para obtener recursos suficientes para combatir el crimen organizado son obstáculos significativos. La corrupción en todos los niveles, desde lo municipal hasta la policía y el ámbito legal, facilita la expansión de estas redes criminales.