Edgardo Berta se presenta como el dueño de un caballo llamado "Rubio", que forma parte de su tropilla en la estancia. Explica que él es el encargado de manejar y mantener bien arreglada la tropilla para las presentaciones.
Describe la belleza de los caballos y la conexión que tiene con ellos, expresando su deseo de pasar más tiempo observándolos. La conversación incluye la mención de que los caballos, aunque desconfiados, son "divinos" y que él los considera como "cuadros vivos".