Jorgela Argañaraz, quien se dedicaba a la prensa de figuras del rock nacional e internacional como Charlie García y Joaquín Sabina, dejó ese mundo para dedicarse a la pintura frente al mar patagónico.
Tras una vida en Buenos Aires, se mudó a la Patagonia con su marido Alejandro, donde encontró su verdadera vocación. Describe su vida allí como un premio, destacando la tranquilidad y la conexión con la naturaleza.
Argañaraz relata que su incursión en el mundo de la música y la comunicación fue casi un accidente, pero que la pintura siempre estuvo presente. Menciona su relación con músicos como Fito Páez y su exmarido, padre de sus hijos Julián y Joaquín Baglietto.
La artista explica que su proceso creativo comienza cubriendo completamente el lienzo, sin dibujo previo, y que las manchas definen la obra. Sus creaciones a menudo surgen de sueños y lecturas, como la figura del caballo que se cree dragón.
Señala que la pandemia fue un punto de inflexión que la llevó a dedicarse por completo a la pintura, impulsada por las ventas online y la necesidad de soltar su anterior faceta profesional. Menciona a su maestro Juan Astica, quien le enseñó a trabajar los temas hasta agotarlos en series.