En el monte, la vida de los niños está marcada por profundas carencias y un marcado aislamiento. Marcela, una niña de segundo grado, sueña con ser maestra y anhela tener una casa de color violeta, una cama, un ropero y una heladera. A pesar de su personalidad expresiva, se siente sola, ya que la población se reduce a pocas casas y los otros niños viven lejos.
La vida en el monte exige que los niños asuman responsabilidades desde muy temprana edad, como el cuidado de animales. La escuela, a la que a veces debe escaparse para asistir, es su principal vía de escape y aprendizaje, aunque el tiempo fuera de ella sea triste y solitario.
La falta de recursos es una constante, evidenciada en la preocupación por la comida diaria y la dificultad para acceder a bienes básicos. La esperanza de un futuro mejor se centra en la educación, un anhelo compartido por los adultos que desean que los niños no sufran las mismas limitaciones que ellos.