Se enfatiza la importancia de estar orgullosos de Dios y de confesar públicamente que Jesucristo es el Hijo de Dios y el Dios verdadero. Se anima a proclamar que en Jesucristo hay salvación.
Se reitera que predicar el Evangelio puro y servir fielmente a Dios tiene un costo, pero negar a Cristo tiene un costo mucho mayor: la pérdida del alma. Se compara el valor terrenal con la pérdida eterna.
Se plantea la elección entre la gloria y el favor del hombre o el favor de Dios, ya que no se puede agradar a ambos. Ser un discípulo secreto de Jesús no tiene provecho.
Se reflexiona sobre por qué avergonzarse de Dios, cuando todo lo que tenemos proviene de Él y somos adoptados como hijos suyos. Se llama a no avergonzarse y a ser orgullosos de servir a Jesucristo.