El mensaje del cielo solo es recibido por aquellos que tienen espíritu vivo. Cuando el Espíritu Santo toca a una persona, le da una llamita, cree y la vida entra en ella. Quien acepta a Jesucristo recibe la vida abundante de Dios y la vida eterna, y no solo que no se va al infierno, sino que nunca morirá y estará en Dios.
La muerte para los hijos de Dios no es un estado, sino un instante en el que inmediatamente pasan a la presencia de Dios. El amor de Dios es la razón por la que Cristo decidió que los que creen en Él sean hijos de Dios. El apóstol Juan expresa cuánto ama el Padre que nos ha concedido ser llamados hijos de Dios.
El mundo no nos conoce porque no conoció a Él. Por eso hay luchas y nos llaman "pastorcito" en el trabajo, nos hacen un hueco en donde estamos estudiando o nos tratan mal por ser creyentes. Pero somos hijos de Dios. Cuando el hijo de Dios vino a la tierra no lo conocieron y por eso tampoco reconocen a los hijos de Dios.
Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser. Los hijos de Dios somos sellados por el Espíritu Santo y el mundo espiritual nos conoce. El diablo ve el sello que tenemos, que dice "Hijo de Dios". La Biblia dice que si alguien se mete con uno de nosotros, es como si le tocara la pupila del ojo al Señor.
El mundo espiritual nos ve, pero el mundo natural no. Intuyen que tenemos algo distinto. A veces empiezan a entenderlo al punto de decir "quiero tener lo que vos tenés". Pero no es claro para todos, porque nos parecemos a los demás. Nuestra vida y testimonio cambiaron, pero todavía no se manifestó ningún gran cambio.