Una mujer relata su experiencia con una severa alergia cutánea que le provocaba un dolor y ardor insoportables, afectando su vida cotidiana y su autoestima. A pesar de múltiples tratamientos médicos, la condición empeoraba.
Tras escuchar al doctor Suárez, la mujer decidió aferrarse a la fe y declarar su sanación. Siguiendo las indicaciones, se ungió con aceite y agua bendita, determinándose curada.
Una semana después, la alergia había desaparecido por completo, su piel se encontraba limpia y sin rastro de las heridas. La mujer atribuye su milagrosa recuperación a la intervención divina y a su fe inquebrantable.