Javier Fernández Lima relata con profunda angustia cómo los responsables del asesinato de su hermano Diego convivieron durante 41 años con sus restos, enterrados junto a la pileta de la propiedad. Describe escenas macabras de fiestas y asados realizados en el lugar, mientras la familia buscaba desesperadamente a Diego.
Javier no tiene dudas de que Diego fue asesinado y enterrado en ese sitio. La justicia determinó que Diego ingresó con vida a la propiedad y 41 años después, sus restos fueron encontrados en una cajita. La impunidad y el dolor de la familia son inmensos ante la crueldad de los hechos y la aparente normalidad con la que los implicados habrían llevado sus vidas.