La Avenida Avellaneda, tradicional polo comercial de Buenos Aires, atraviesa una profunda crisis con una caída del 50% en las ventas interanuales y un número similar de locales cerrados. Los comerciantes denuncian una merma en el movimiento de gente y dificultades para acceder a la zona.
Los vendedores señalan que la falta de acceso para micros del interior y las restricciones para estacionar desalientan a los compradores. A esto se suma el aumento de los alquileres, que en algunos casos se duplicaron, y la competencia de las compras online, llevando a muchos a cerrar sus persianas o mudarse a zonas menos costosas.
A pesar de los carteles de oferta y precios considerados económicos (busitos desde $15.000, remeras desde $10.000), la afluencia de público es mínima, incluso en horarios de alta demanda. La situación se agrava por la falta de presencia de manteros, que antes generaban movimiento, y la ausencia de turistas extranjeros que solían comprar en la zona.
Los comerciantes expresan preocupación por la falta de inversión y la dificultad para afrontar los gastos básicos, priorizando los alimentos y el transporte sobre la compra de indumentaria. Se menciona el caso de un local que cierra definitivamente, reflejando la difícil realidad comercial que se extiende también al interior del país.