Lucrecia, inspirada por un mensaje divino, dedica su vida a ayudar a personas en situación de calle, brindándoles comida caliente y compañía.
Lo que comenzó como una iniciativa con 20.000 pesos y 20 viandas diarias, ha crecido exponencialmente, llegando a repartir entre 80 y 90 bandejas por noche.
Su familia, inicialmente unida por la fe, ahora colabora activamente en la preparación y distribución de alimentos, fortaleciendo los lazos familiares a través de la solidaridad.
Lucrecia, quien se describe como cristiana, encontró en esta labor un propósito que le cambió la vida y la llenó de felicidad, motivada por el deseo de que nadie muera de hambre.