La inteligencia artificial (IA) presenta riesgos significativos, especialmente para niños y adolescentes, al ser utilizada como apoyo emocional. Los jóvenes desarrollan vínculos afectivos con programas como ChatGPT, usándolos como terapeutas para consultar sobre su estado de ánimo. Esto puede llevar a olvidar que la IA no es una persona y a acostumbrarse a una "positividad" constante que carece de la complejidad de las interacciones humanas.
Esta dependencia de la IA para obtener respuestas y validación externa contrasta con las conversaciones desafiantes y constructivas entre compañeros, que son esenciales para el desarrollo. La deshumanización y la soledad son consecuencias directas de esta tendencia, donde la IA ofrece respuestas que a menudo son lo que el usuario quiere escuchar, en lugar de lo que realmente le conviene.