La guerra en Ucrania ha impulsado un rearme acelerado en Europa, obligando al continente a revisar su paradigma de seguridad y a buscar una mayor autonomía estratégica respecto a Estados Unidos. Los países europeos avanzan con estrategias diferentes, priorizando capacidades militares convencionales, disuasión tecnológica o protección territorial inmediata frente a Rusia.
Alemania lidera una profunda transformación con inversiones masivas, alterando el equilibrio tradicional con Francia, que apuesta por un modelo más autónomo y una industria militar europea integrada. Polonia, por su parte, busca construir un ejército terrestre como primera línea de contención ante la "inmediata" amenaza rusa.
El gasto militar europeo alcanza niveles no vistos desde la Guerra Fría, y la industria de defensa vive una expansión sin precedentes. Sin embargo, la falta de coordinación, las diferencias doctrinarias y la competencia industrial dificultan la construcción de una defensa verdaderamente integrada, resultando en un rearme sin una estrategia única.