El pastor narra cómo el rey Josafat enfrentó a tres ejércitos poderosos: los amonitas, moabitas y del monte de Seir.
Dios instruyó a Josafat a colocar delante del ejército a los músicos que alzaban alabanza y adoración a Dios, algo militarmente ilógico en plena guerra.
Cuando empezaron a cantar, el Señor emboscó a los enemigos, que se atacaron entre sí y se destruyeron completamente sin que Israel perdiera un solo hombre.
La alabanza quebranta ataques demoníacos, brujerías, calumnias o situaciones opresivas; basta alabar para que Dios venza sin esfuerzo humano.