En Santa Victoria Este, Formosa, y Coronel Falsolá en Salta, comunidades indígenas chorotes, chulupíes y huichíes sufren inundaciones devastadoras por crecidas del río Pilcomayo, dejando caminos cortados, casas destruidas y más de 300 familias evacuadas. Los afectados cruzan ríos a pie cargando lo poco que pueden salvar, como colchones, mientras la ayuda provincial resulta insuficiente para todos.
En centros de evacuación como la escuela de Curvita, 580 personas prefieren acampar en la ruta bajo la lluvia antes que entrar por falta de comida, baños colapsados y hacinamiento. Mujeres, niños y ancianos de comunidades como La Estrella, Gracia y 24 de Julio se apiñan en habitaciones con cuchetas, viviendo día a día con incertidumbre sobre el regreso y el estado de sus pertenencias bajo el agua.
La vulnerabilidad se agrava con desnutrición extrema, días sin comer ni agua, deserción escolar por discriminación, falta de ropa y hambre. Jóvenes huichíes abandonan estudios para trabajar o caen en alcoholismo, inhalación de nafta y marihuana, con 17 suicidios en cuatro años, incluyendo quemados vivos y ahorcados, por desesperación y estigma cultural.
Profesionales alertan sobre la falta de infraestructura estatal contra crecidas repetidas, ausencia de internación local y naturalización del consumo como escape. Iniciativas voluntarias como huertas, cría de conejos, centros Nanum de conectividad digital y espacios recreativos buscan motivar a jóvenes como Beto, quien quiere dejar las drogas y estudiar, ofreciendo alternativas laborales y sueños de futuro.
La solidaridad local y de empresas pequeñas llega con donaciones, pero advierten que en meses nadie recordará, exigiendo viviendas seguras y oportunidades para romper el ciclo de supervivencia precaria.