En una larga fila para el colectivo 57 en Plaza Once, los argentinos expresaron indignación por los 245 mil dólares gastados por Manuel Adorni en refacciones de su casa, como pileta y cascada, mientras ellos esperan horas para volver a casa.
Trabajadores textiles, jubilados y empleados de comedores escolares relataron impotencia y bronca: una mujer tardó 30 años con su marido para construir una casa humilde, sin lujos, y piden que Adorni renuncie o vaya preso por burlarse del pueblo.
Algunos jóvenes defendieron al gobierno por bajar inflación, minimizando el caso Adorni, pero la mayoría criticó la soberbia del funcionario y vinculó sus gastos a la frivolidad del ajuste que padecen diariamente, como frecuencias bajas de colectivos.
La gente conecta el escándalo con la realidad cotidiana: filas eternas por falta de subsidios, mal trabajo y desilusión por promesas de cambio incumplidas.
Conductores dudaron en opinar, priorizando problemas mayores como el consumo repuntando o no.