Un pastor compara a los creyentes con velas de un velero que se inflan al recibir el viento del Espíritu Santo, completando la metáfora bíblica del Espíritu como viento en la salvación y Pentecostés. Explica que el viento no se contiene como aceite, sino que impulsa como en Hechos 2 con un estruendo recio que llenó la casa.
Antes alertó que emociones tóxicas como la duda, amargura y temor debilitan la fe, empoderando al enemigo, citando a Pedro caminando sobre el agua y Santiago pidiendo sin dudar. Recomienda sembrar la Palabra de Dios para cambiar la atmósfera interna.
Insiste en la sumisión mutua en el temor de Dios, honrar a esposos y esposas como a Cristo, y ser llenos del Espíritu para amar sobrenaturalmente incluso en discusiones. El control del Espíritu produce frutos observables que parecen ebriedad, como perdonar enemigos.