Valentina contó que a los 15 años las redes sociales dispararon su anorexia con contenido trigger como ideales de belleza inalcanzables y comunidades pro-TCA, pasando horas viendo material dañino que la aisló y generó voces internas controladoras.
Se sentía prisionera de pensamientos sobre comida y cuerpo, lloró frente a la heladera por miedo a comer; su papá Cristian minimizó al inicio pero luego involucró terapia, nutricionista y psiquiatra con medicación.
Recibió halagos contradictorios pese a su malestar; enfrentó hate online al recuperarse con comentarios como "sos una bola de grasa". La familia transformó la relación, con Cristian aprendiendo a escuchar sin juzgar.
La contención profesional y apoyo paterno fueron clave para confiar y superar etapas de enojo y soledad adolescente.