La inmigración urbana judía a fines del siglo XIX trajo a Buenos Aires miles de trabajadores artesanos como sastres, carpinteros, zapateros y pintores que conformaron el movimiento obrero judío.
Estos obreros enfrentaron necesidades económicas, dificultades de adaptación cultural y el deseo de mantener su identidad, adhiriéndose a ideologías transformadoras para luchar por mejores condiciones laborales y sindicales.
Muchos ascendieron socialmente pasando de obreros a propietarios de fábricas, comercios e industrias, contribuyendo al desarrollo del comercio y la industria en Argentina.