El pastor en Iglesia de la ciudad advierte que un voto o promesa no cumplida a Dios quema las ofrendas como alabanza o gratitud, ya que no son minucias y deben cumplirse al máximo. Insiste en reflexionar sobre todas las promesas hechas desde la conversión, como declarar a Jesús como Señor y Salvador, consagrar la vida, servirle en canciones y oraciones.
Explica que promesas en momentos de euforia espiritual, retiros o congresos deben cumplirse, y si se incumplieron, hay que pedir perdón, confesar y restituir, como David con los gabaonitas. Recuerda ejemplos bíblicos previos: Josué pactó con gabaonitas por engaño sin consultar a Dios, lo que trajo consecuencias graves por no incluir al Señor.
Enfatiza que Dios es el dueño (Kyrios) de la vida del creyente, y toda la gloria, honra y poder deben ser para Jesús. Llama a consagrar la vida por completo una vez por todas, sirviendo fielmente sin traicionar promesas, para no perder confianza ni relación con Dios.
Concluye urgiendo ser hombres y mujeres de palabra, ya que solo quien cumple entra en la presencia divina, y mejor no prometer que prometer y fallar, citando Eclesiastés y salmos.