El pastor concluye su sermón sobre el casco de la esperanza de la salvación, instando a los creyentes a liberarse de pecados, vicios y yugos que impiden la presencia de Dios, animándolos a rendir su vida como holocausto fragante ante el Señor.
Explica que esta esperanza purifica al creyente, otorga fuerza para abandonar el materialismo al mirar la herencia celestial, como hizo Abraham viviendo en carpa pese a su riqueza, y contrarresta la envidia comparándose con otros siervos en posiciones visibles o humildes, pues Dios promete igual galardón a todos los fieles.
Recuerda promesas bíblicas de Pablo en Filipenses y Colosenses, enfatizando que la ciudadanía celestial supera cualquier terrenal, y que Dios recompensa todo servicio humilde con herencia eterna, presencia divina y reinado con Cristo, independientemente del rol eclesiástico o posición humana.
Urge servir con entusiasmo al Señor, ya que nada hecho para Él es inútil y Él no olvida el esfuerzo de sus siervos, asegurando que la recompensa viene de Dios aunque no se trabaje por ella sino por amor.