En comunidades indígenas del norte salteño, como Curvita, La Gracia y 24 de Julio, familias evacuadas por inundaciones del río Pilcomayo rechazan centros de evacuación por falta de comida y baños colapsados, optando por mojarse en la ruta o campamentos improvisados. Un equipo coordinó atención a 580 personas en la escuela Curvita, pero las donaciones fueron insuficientes y las instalaciones no estaban preparadas para tanta gente.
Los varones se quedan cuidando pertenencias pesadas como heladeras en las casas inundadas, mientras mujeres, niños y ancianos hacinados en albergues viven con incertidumbre sobre el regreso. Se destaca la solidaridad de voluntarios, comercios locales y pequeñas empresas que donan colchones, comida y agua, aunque expertos advierten que la ayuda estatal no alcanza y en dos o tres meses nadie recordará la crisis.
En Coronel Juan Solá, conocido como Morillo, jóvenes huichíes enfrentan hambre extrema, días sin comer ni agua, lo que lleva a deserción escolar por discriminación, falta de recursos y adicciones a nafta, marihuana y alcohol. Testimonios revelan suicidios recientes, como tres intentos la semana pasada y 17 muertes en cuatro años por consumo problemático, quemaduras o ahorcamientos.
Profesionales alertan sobre la pérdida de cultura y cosmovisión indígena por estigmatización, ausencia de camas de internación en hospitales locales y necesidad de enfoques integrales en salud, educación y seguridad. Iniciativas como huertas comunitarias y centros Nanum buscan ofrecer conectividad digital, espacios recreativos y salidas laborales para motivar a jóvenes como Beto, quien quiere dejar las drogas pero carece de herramientas.