El pastor concluye la enseñanza sobre humildad destacando la parábola del fariseo y el publicano, donde solo el humilde recibe perdón divino.
El fariseo, orgulloso, ora presumiendo sus ayunos y diezmos, despreciando a otros, y Dios rechaza su oración por su petulancia y autosuficiencia. En contraste, el publicano se humilla golpeándose el pecho, reconociendo su pecado, y confía en la misericordia de Dios, por lo que sale justificado del templo.
La humildad es la llave que abre los cielos y hace que Dios escuche las oraciones, como en 2 Crónicas, mientras el orgullo cierra esas puertas. El pastor urge a los fieles a evitar el orgullo como Herodes o Nabucodonosor, y adoptar actitudes de dependencia total de Dios para atraer bendiciones.
Se menciona la bendición final en el nombre del Padre, Hijo y Espíritu Santo, cerrando este segmento sobre ejemplos bíblicos como Acab, Jezabel, Manasés y la parábola.