Esculturas de Mirta Legrand traídas desde Rosario fueron rechazadas por vecinos de un pueblo que las consideraron feas y las taparon para que la diva no las viera.
Dos paradas y una sentada quedaron afuera del estudio porque nadie las quiso recibir, y un señor indicó taparlas sabiendo que Mirta estaba mal de salud.
Se destaca la maldad del rechazo pese a que las esculturas estaban bien hechas.