El overturismo genera saturación en destinos noruegos como Preikestolen, donde turistas forman colas de hasta una hora para fotos en la plataforma a 604 metros sobre el fiordo Lysefjord, y los estacionamientos para 1.000 autos se llenan con buses y cruceros. Guías como Melanie Uhl inician caminatas temprano para evitar multitudes, pero rescates de montaña aumentaron a 40 al año por falta de preparación de visitantes.
En Stavanger, campings se saturan sin reservas debido a la corona débil que abarata viajes un 30% para europeos, y cruceros masivos descargan medio millón de pasajeros al año frente al barrio antiguo. Vecinos como Ingrid Fiose, cantante de ópera, Knut Redalen y Sabine Wessner denuncian ruido constante de 7 a 19 horas que hace vibrar casas, gases de escape que ensucian fachadas y estrés psicológico, temiendo que el área se convierta en Airbnb sin mantenimiento.
En glaciares como Folgefonna, guías como Osmund Bakke limitan grupos a 10 personas y alertan sobre retroceso por cambio climático y emisiones de cruceros, pospuestas a 2032 las normas cero emisiones. En Bergen, 3 millones de pernoctaciones y 600.000 cruceristas saturan la ciudad, beneficiando empleos en turismo como en el funicular del Monte Fløyen, donde cocinas atienden hasta 800 comensales diarios.
El director Bernd Horvath-Oyen de la Fundación Bryggen lamenta vandalismo en casas de madera del barrio patrimonio, con rayones y suciedad frecuentes que dañan la estructura. Autoridades debaten regulaciones sin violar el derecho de acceso público, buscando equilibrar turismo con calidad de vida.