La negligencia causó la tragedia del vuelo 3142 de Lapa el 31 de agosto de 1999 en el Aeroparque Jorge Newbery, donde el avión no despegó por flaps no desplegados, se salió de la pista, chocó y se incendió, dejando 65 muertos y 37 sobrevivientes.
Sobrevivientes como ingenieros y especialistas en microemprendimiento contaron cómo subieron al avión con normalidad, ignorando fallos previos, alarmas silenciadas y pilotos distraídos; el impacto generó fuego intenso, gritos y desprendimientos, mientras pasajeros rezaban o se ponían en posición de impacto pensando en sus familias.
Algunos escaparon por puertas de emergencia, apagando llamas en sus cuerpos con manos o rodando por el suelo; rescatistas como Mauricio Donkin entraron al avión en llamas para sacar a atrapados, mientras otros corrieron del fuego temiendo explosiones, sufriendo quemaduras graves en hasta 40% del cuerpo.
La recuperación fue brutal con meses en terapia intensiva, respiradores, cirugías cada 48 horas, amputaciones, injertos y rehabilitación en hospitales como el Fernández y el Alemán; familias se mudaron, soportaron el dolor ajeno y motivaron con humor, destacando la resiliencia y el amor como salvavidas ante cicatrices físicas y emocionales permanentes.
Los testimonios enfatizan cómo la negligencia se construye en descuidos, silencios y confianza excesiva, dejando ecos en memorias y vidas reconstruidas pese al trauma eterno.