Los niños de una comunidad rural en el monte enfrentan graves carencias básicas como falta de agua potable, electricidad y viviendas precarias hechas de nylon o barro, lo que amenaza su vida diaria y expone a peligros nocturnos como víboras e insectos.
Mateo Sanguela, un niño con dificultades en la cadera y un oído, logró aprender a leer y escribir en 2024 gracias a un programa de alfabetización paralelo a la escuela pública, donde la mayoría de los alumnos egresaba sin saber sumar ni restar. La maestra Gaby destaca su asistencia perfecta y su transformación de tímido a responsable.
Otras carencias incluyen un hospital a 120 kilómetros, bicis pinchadas que los hacen llegar tarde a clases, y agua con altos niveles de arsénico y flúor imposible de beber. Mateo se quemó el pie con agua caliente, perdiendo piel y uñas, y ahora acepta un audífono.
Historias como la de Valentina Montenegro, de 7 años, y Marcela muestran niños soñando con bicis, teles, casas pintadas y camas propias, mientras cuidan cabras y comen leche con arroz si hay viento. Las madres luchan por educarlas pese a ingresos precarios de carbón y leña.