Microplásticos y nanoplásticos invaden el cuerpo humano a través de la ingestión y la respiración, alterando la microbiota intestinal y causando disbiosis asociada a enfermedades como obesidad, Crohn y cáncer de colon. El equipo de Lucie Etienne Mesman expuso un sistema digestivo artificial a polietileno durante dos semanas y detectó un aumento de escatol, marcador de patologías graves, junto con mayor presencia en colon de pacientes con inflamaciones crónicas.
El neumólogo Carlos Baeza Martínez analizó lavados broncoalveolares de 44 pacientes y encontró microplásticos en más de dos tercios, con tamaños similares al asbesto causante de enfermedades mortales. Estas partículas alcanzan zonas profundas del pulmón, correlacionándose con peor función respiratoria y mayor obstrucción bronquial en asma y EPOC.
Las partículas superan barreras y circulan por la sangre hacia hígado, riñones, corazón y cerebro. Alba Hernández demostró que nanoplásticos de 50 nanómetros, producidos simulando desgaste de PET, son incorporados activamente por células de vasos, pulmón, hígado e intestino, llenando su citoplasma.
Los macrófagos, células inmunitarias devoradoras, ingieren poliestireno pero no lo destruyen tras una semana, a diferencia de bacterias. Thierry Rabillot advierte que esta acumulación crónica libera peróxido de hidrógeno, dañando tejidos como en silicosis o asbesto, saturando potencialmente el cuerpo como al planeta.