El pastor continúa su prédica citando Jeremías donde Dios elogia a la familia de los Recabitas por obedecer la orden de su padre de no beber vino jamás, rechazando incluso la invitación de Jeremías en el templo, y los pone como ejemplo frente al pueblo desobediente.
Explica que al honrar y obedecer a los padres, los hijos honran a Dios, recibiendo promesas como descendientes eternos al servicio del Señor, larga vida, prosperidad y paz para los obedientes, mientras la rebeldía trae maldición y muerte como en Absalón y Eli.
Insiste en la obediencia interna con respeto y amor, aceptando disciplina paterna como sabiduría, comparando hijos rebeldes con sanguijuelas orgullosas; Jesús es el ejemplo máximo al someterse a sus padres terrenales.
Los padres deben educar desde el nacimiento para obediencia mediante disciplina amorosa como Dios con sus hijos, recompensando obediencia y castigando desobediencia para reflejar la gloria de Dios y bendecir generaciones.
Exhorta a no ser displicentes como David, sino disciplinar con mano firme por amor, imitando a Dios que corrige a los amados para imprimir la imagen de Cristo en los hijos.