En los campamentos de refugiados sudaneses en el este de Chad, más de 1,2 millones de personas enfrentan una crisis humanitaria agravada por recortes drásticos en la ayuda de Estados Unidos, Alemania y otros donantes, lo que deja sin agua potable suficiente, letrinas, escuelas ni alimentos a miles de familias.
Empleados de ACNUR como Sani Akilu y Charlotte Lepiniek inspeccionan condiciones donde la gente comparte letrinas entre 114 personas, recibe solo 7,6 litros de agua por día por persona —mitad del mínimo de la OMS— y sufre un brote de cólera con 372 casos confirmados y 19 muertos en un campamento. Fallas en pozos, generadores y bombas amenazan el suministro para 40 mil personas.
El Programa Mundial de Alimentos (PMA) reparte raciones de emergencia que se agotan, con stocks para solo uno o dos meses a 3.500 toneladas mensuales, mientras maestros refugiados no cobran salarios desde hace meses y las escuelas cierran por falta de fondos, recortados un 24% según UNICEF.
Geopolíticamente, China invierte en infraestructura como refinerías y estadios, Rusia busca influencia vía mercenarios en el Sahel, y expertos advierten que sin ayuda se generarán migraciones masivas a Europa, como ocurrió con Siria en 2013. Proyectos como Hagina buscan autosuficiencia agrícola para refugiados y locales.
Encuentros con locales revelan tensiones por recursos compartidos, y figuras como Issam Adam reciben capacitación para integrarse, pero contratos temporales de la ONU expiran, dejando incierto el futuro ante la guerra en Sudán.